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AQUILES JULIAN

Gerencia

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El desafío de competir

 

¿Es posible competir? ¿Qué oportunidades tenemos? Cuando se enuncia y se propicia aún sea verbalmente la importancia de colocarnos en posición competitiva a nivel internacional, es conveniente ver cuáles serían factores a tomar en cuenta en la tarea.

Ciertamente, es obvio que es preciso iniciar por un estudio de nuestras fortalezas y debilidades. Y en un cuidadoso análisis del entorno para descubrir oportunidades y amenazas. La construcción de pronósticos y escenarios, la definición de estrategias y planes alternativos, la previsión en fin, son ejercicios valiosos de cara a eficientizar el esfuerzo y tener parámetros de evaluación y confrontación apropiados.

 

El análisis FODA

 

Un estudio del entorno nos da una serie de renglones donde podemos insertarnos con buen nivel de éxito.

La iniciativa, creatividad, olfato empresarial y sentido de la oportunidad de muchos empresarios ha ido descubriendo nichos, como los productos orgánicos, por ejemplo, y una serie de exportaciones no tradicionales, en que existen oportunidades para nuestro país y nuestro crecimiento.

Otro es el mercado étnico integrado por concentraciones de nacionales dominicanos en países como Estados Unidos y España, por ejemplo, que a través de marcas y productos dominicanos se identifican con sus raíces y constituyen importantes difusores de nuestra producción nacional.

¿Cuál son nuestras principales debilidades? Algunas de las principales son:

La carencia de un plan consensuado de desarrollo que indique un claro rumbo

Las soluciones remediativas, improvisadas y carentes de estrategias

La falta de una fuerte política de estado de promoción y respaldo del producto nacional

La cultura de improvisación e inmediatismo que permea la sociedad dominicana.

El problema principal del país es cultural.

No es un problema fácil de resolver, pero es indispensable si queremos tener futuro.

Es de capital humano.

 

Capital humano

 

El dominicano es entrenable, puede asumir una disciplina productiva.

Pero la subestimación y el entender que “las personas deben saber” o “tienen que entender” nos empuja a subestimar la importancia de la capacitación.

La formación y la calificación de los recursos humanos, una política estratégica de capital humano que pondere destrezas, experiencias, junto a valores como lealtad, integridad, dedicación, productividad, etc., puede ser en donde radique la oportunidad.

La educación dominicana es básicamente teleológica, divorciada de las realidades de la economía y con  una visión discursiva y no práctica y empírica.

El peso de las carreras convencionales sobre las productivas es abrumadora. La tradición arroja todo.

Si somos eficientes en zonas francas, en factorías del exterior,

Si hemos podido sobrevivir en condiciones difíciles,

Basta con variar el paradigma y crear entornos de aprendizaje y transmisión de competencias que faciliten a las personas construirse como capital valioso para las empresas en que operan.

¿Qué valor tiene una tecnología cuando se carece de personal competente para aprovecharla? ¿Qué sentido tiene escoger tela costosa y economizar con el sastre o la modista? La tasa de desperdicio, trabajo de mala calidad, etc., indica claramente que tanto los sistemas de operación existentes como las políticas internas merecen ser reevaluadas en función de modernizarlas.

 

 

La modernización

 

Y la modernización tiene dos claros ejes: los sistemas de trabajo y las competencias de los participantes. Los sistemas nos llevan al trabajo en equipo, políticas de prevención de errores, de mejoría continua, centrados en la satisfacción del cliente, etc. Las competencias de los participantes nos conducen a las empresas en constante aprendizaje, que reproducen y amplían su capital intelectual, que valoran el aporte intelectual de sus trabajadores, lo estimulan, desafían y refuerzan.

¿Y la tecnología? Importante, pero subordinada al factor humano.

Máquinas, insumos, soportes y otros  factores productivos existen y son útiles sólo en función de las competencias de los operarios y del sistema establecido por quienes tienen las funciones directivas.

 

La decisión de cambiar

El cambio de cultura organizacional no es algo que se decreta, es algo que se construye.

Implica cambiar paradigmas internos y valores implícitos muchas veces fuertemente arraigados, y eso requiere paciencia, decisión y consistencia, desde la alta gerencia que es quien construye con su ejemplo más que con su discurso la decisión de cambiar.

Eso implica modificar ciertos paradigmas de subestimación del liderazgo empresarial que todavía subyacen y limitan.

Significa desacorralar tanta valiosa experiencia silenciada, tanta opinión subestimada, hasta incorporar el cerebro tanto como los brazos, el potencial tanto como la energía, el conocimiento tanto como las habilidades adquiridas.

Pero la oportunidad está ahí, en técnicos, operarios, trabajadores, supervisores y ejecutivos que hay que estimularlo a expresarse, a integrarse mentalmente, a asumir responsablemente su cuota de responsabilidad con la suerte de la empresa, con la brecha de oportunidad del país.

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La cultura de no planificar

 

La planificación, la previsión, es una cultura.

Significa anticipar el futuro, decidir una dirección y crear los parámetros de medición del éxito del esfuerzo cotidiano.

Estriba en establecer un rumbo definido, concreto, que guía, orienta, impulsa y nos advierte de desvíos o retrasos. Lo opuesto a planificar es improvisar, responder al día a día, ensayar soluciones remediativas, tirar a ciegas.

¿Cuál de estas dos culturas ha sido la imperante en nuestro país?

 

De lo personal a lo empresarial a lo nacional

 

Hay un continuum en los estilos de trabajo, en la cultura.

Va de lo personal, del individuo, a lo familiar, el primer núcleo social importante.

Sigue hacia la acción productiva: el trabajo, la empresa, y se proyecta a sus responsabilidades sociales: lo nacional, que puede ir desde organizaciones sociales de base local o regional hasta las macroorganizaciones nacionales y el Estado.

Es difícil que una persona que no planifica a nivel de su existencia lo realice en los otros niveles como el familiar, laboral o en las funciones públicas.

Si incluso por presión del sistema en que participa lo realiza formalmente, es muy probable que subestime y subutilice el instrumento.

 

Planificación, medición y control

 

La planificación da la base de la medición que está en el origen del control y la reorientación.

Cómo parámetro de evaluación previsor en vez de una obligación o una condena nos permite corregir, comparar, sistematizar.

¿Cómo es conveniente controlar? Normalmente es sano comparar contra la ejecución de igual período previa y contra lo previsto, pero también comparar frente a las variables de mercado existentes y contra las ejecuciones de otros actores semejantes.

Se trata de retroalimentar la acción para mejorarla, afinarla, perfeccionarla, enfocarla más.

Es una cultura, dijimos.

 

Importancia de las estadísticas

 

De aquí la importancia de las estadísticas para medir frecuencias, modelos, tendencias, recurrencias.

Y para evaluar simultáneamente el éxito de nuestros esfuerzos de modificación y cambio.

La capacidad de establecer controles estadísticos a los procesos y el análisis de los datos arrojados permite ir creando una nueva competencia que se siente cómoda frente a las evaluaciones y los números.

Es claro que hay que diferenciar las estadísticas de retroalimentación de las estadísticas “creativas” para corroborar y/o desinformar.

 

¿Cuándo tendremos un Plan Nacional de Desarrollo?

 

¿Qué tan confiables son las estadísticas nacionales?

¿En relación a qué plan operan? ¿Qué iluminan?

Sin dudas hay un “plan” implícito que se dibuja en las acciones del liderazgo nacional: algo así como una agenda oculta. La no acción es una forma de acción, como plantea el taoísmo. Es una elección.

Así, la carencia de un Plan Nacional de Desarrollo es una elección nacional que hace nuestro liderazgo. Eso crea esa sensación de desconcierto e incertidumbre: ¿Hacia dónde nos movemos?

Lo que invocamos es un ejercicio abierto, participativo, integrante, convocatorio, motivante, que impulse un consenso y un compromiso alrededor de un proyecto de desarrollo que oriente, enfoque e impulse las energías creativas y productivas del país.

Si carecemos de un plan, si no hay previsión, si reaccionamos a los cambios cotidianos sin un marco de referencia que guíe las decisiones del país y marquen un rumbo, entonces estamos cortejando el desastre.

Un cortejo cuyo costo puede ser terrible.

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